viernes 1 de enero de 2010

Naturaleza y cultura (Avatar)

Si uno va a verla buscando lo que yo (grandes naves espaciales, explosiones, extraterrestres...), la película Avatar es genial. Luego está el asunto del fondo: su obvia ideología anticolonialista, su ecologismo antropofóbico, y un odio a la especie humana que alcanza el paroxismo con el abandono del propio cuerpo. A todos nos molestan los bloques de doce pisos, los atascos, el humo de las industrias, la destrucción de los bosques y la muerte de las focas. Y, en cierto modo, a todos nos fascina el modo de vida sencillo de las comunidades preindustriales. Los hombres de nuestro tiempo somos rousseaunianos, al menos de corazón, y el deseo de volver a la madre naturaleza es tanto más fuerte cuanto más lejos de ella nos sitúa la cultura. Por eso, para nosotros, la naturaleza es sólo un objeto de interés turístico, un lugar de vacaciones. Ella es lo exótico por excelencia.

Pero lo que oculta esta impugnación de la cultura, de la civilización y de la colonización, es que la naturaleza ha sido para el hombre, durante milenios, el reino de lo hostil. Primero, lo hostil en nosotros mismos, como instintos contra los que había que luchar para mantener un orden social precario; y desde luego, lo hostil en lo otro, como enfermedades, plagas, muertes prematuras. Lo que no nos muestra ninguna de las representaciones eco-utópicas antioccidentales son las enfermedades infantiles, los sorprendentes problemas de superpoblación en ausencia de la agricultura y la ganadería, las sequías, las plagas, las epidemias, los terremotos, las inundaciones, la extinción de pueblos enteros. La vida del hombre en ese estado natural no es un apacible dormitar en los árboles, sino un penoso esfuerzo por vencer, cada día, la posibilidad inminente de la propia muerte.

jueves 24 de diciembre de 2009

Os deseo a todos Feliz Navidad


El viento arrastra, en el bosque de invierno,
como un pastor, los rebaños de copos,
y algún abeto intuye qué ligero
se está haciendo sagrado y luminoso.
Está a la escucha. A los blancos senderos
les dispone sus ramas como alfombras
y crece contra el viento, pretendiendo
tocar la sola Noche de la Gloria.

(Rilke)

(Es treibt der Wind im Winterwalde / Die Flockenherde wie ein Hirt, / Und manche Tanne ahnt, wie balde/ Sie fromm und lichterheilig wird. / Sie lauscht hinaus. Den weißen Wegen / Streckt sie die Zweige hin bereit / Und wehrt dem Wind und wächst entgegen / Der einen Nacht der Herrlichkeit).


lunes 14 de diciembre de 2009

Nieve

Las calles han amanecido completamente blancas. Aún así, he cogido el coche para ir al trabajo: la nieve ha disuelto en una misma sustancia los edificios, los coches aparcados, los columpios, las eras... Todas las cosas -pienso- vuelven a ser una. Pero es sólo (¿o no?) una ficción. En la ciudad, los peatones juegan con la nieve, y los conductores avanzan muy lentamente, cediéndose el paso, sin acelerones ni pitadas. Todos conducimos con tanta delicadeza que parecemos estar representando una utopía ecopacifista. ¿Sólo esto hacía falta para convertirnos en amables y felices ciudadanos? Salgo de la ciudad y avanzo por la carretera. Por alguna razón, los pájaros se concentran en el centro de la autopista y, cuando el coche se acerca, levantan el vuelo muy torpemente, ateridos. Muchos chocan contra el parabrisas y suena un golpe seco. Pienso en Hitchcock, y disminuyo la marcha. Los límites de las cosas se disuelven: ni siquiera existen ya direcciones, itinerarios, fronteras. Recuerdo el Aufstieg de Paul Klee. Las cosas, las pequeñas y frágiles cosas, intentan asomar más allá del manto repentino que las envuelve. Pero ya es tarde. El tiempo de lo múltiple ha pasado. El invierno es lo Uno: él nos enseña de dónde vienen y a dónde se dirigen todas las criaturas de la tierra.

miércoles 2 de diciembre de 2009

Los malos

La impactante noticia de un hombre falsamente acusado del asesinato y violación de su hijastra está dando que hablar. Hechos como éste -y otros muchos anteriores- deberían hacernos reflexionar a todos sobre si no sería conveniente cambiar la legislación para impedir que los sospechosos sean linchados por el populacho (recordemos las frecuentes imágenes de muchedumbres apostadas a las puertas de cualquier juzgado), por los medios o por los mismos políticos, que aprovechan estas tragedias para revestirse del aura de majestad que confiere la indignación y firmeza frente a los malos. Pero algo más habría que pensar, más allá de la inocencia y la culpa: por ejemplo, podríamos constatar de una vez en qué horrible jauría de bestias sedientas de venganza se convierte una sociedad cuando prescinde del aspecto misericordioso que ha de tener todo trato con el mal. Que el acto malo no destruye nunca la dignidad en nosotros es un pensamiento demasiado metafísico -sí, demasiado cristiano también- para tener cabida en un mundo donde los cobardes, los hipócritas y los resentidos están siempre dispuestos a saltar desde sus escondrijos para tirar la primera y hasta la última piedra.

lunes 30 de noviembre de 2009

Mera ciencia

Hubo un tiempo en Europa en que los hombres -más exacto sería: algunos, muchos hombres- depositaron sus esperanzas de felicidad y emancipación en el pensamiento científico. Sobre los escombros de los idola teatri se alzaría mañana la ciudad transparente de la razón, la Nueva Atlántida en que los irracionales hábitos contraídos en épocas de sumisión serían demolidos para abrir paso a un nuevo hombre hecho a imagen de sí mismo, proyecto consumado de un logos cuya voluntad de expansión no conocería límites. Aquellos hombres que forjaron el proyecto de una Ilustración científica -desde Bacon a Comte, por lo menos- unieron en su representación las nociones de ciencia, progreso, emancipación y felicidad. Pero doscientos, trescientos años después, su sueño se ha revelado vano, a pesar de que algunos se aferran a las promesas de un mesianismo invertido que pertenece al pasado. Por todas partes, los hombres que habitamos el planeta después de la II Guerra Mundial vemos que la ciencia, al forjar nuevos modelos del cosmos, no nos reconforta; que los remedios para las viejas enfermedades no nos libran de otras nuevas; que las grandes invenciones tecnológicas, lejos de acercarnos a la utopía de una sociedad autosatisfecha, más bien despiertan la pesadilla de una hecatombe total. La situación real de nuestra época es que el hombre sigue enfermando, sigue muriendo, y sigue siendo infeliz.

Entre tanto, tampoco la ciencia parece haber satisfecho la promesa de conocimiento con que inició, segura de sí, su andadura. Mientras más complejo es nuestro saber acerca del universo, de la materia, del hombre mismo, más claras se manifiestan nuestras insuficiencias y más nítidamente se revelan los contornos de nuevas lagunas. Por si fuera poco, la misma ciencia se retira de aspectos de la realidad que nos atañen demasiado: ¿por qué, si el pensamiento religioso es una etapa primitiva de conocimiento, sigue persistiendo de una forma tan firme incluso allí donde razón y experimentación consuman su feliz ayuntamiento? ¿no parece, por otro lado, que las realidades estéticas y morales del hombre siguen requiriendo un modo de comprensión que se muestra más hermenéutico que propiamente explicativo?

Justamente en el ardor con que algunos defienden el credo fundamentalista de una ciencia que no existe, se revela que el verdadero interés no es, ni ha sido, la verdad, la emancipación, o el progreso, sino mantenerse agarrado a cualquiera de los muchos maderos del naufragado barco de nuestra historia.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Elogio del tabaco

El artículo de mi amigo Rafa sobre el tabaco en los institutos me ha hecho pensar. En primer lugar, en el hecho de que la discusión sobre el tabaco se reduce casi por completo a que sus detractores subrayen la insalubridad del mismo, y a que los fumadores asientan, entre avergonzados y resignados, asumiendo su impotencia frente a la adicción del asqueroso vicio. Se repiten, con una actualidad aterradora, las palabras que le dedicara Fernández de Oviedo, sin saber nada de la nicotina y el alquitrán, en su Historia General y Natural de las Indias: "Usaban los indios desta isla, entre todos sus vicios, uno muy malo, que es tomar unas ahumadas, que ellos llaman tabaco, para salir de sentido".

Todo rastro de romanticismo en el tabaco queda relegado ya a una imagen del hombre superada, representada por Humphrey Bogart, o a un exótico vestigio de religiones del pasado, como la que practicaban los algonquinos de las Grandes Llanuras... Sin embago, el hábito del tabaco no se reduce a esa imagen del estresado occidental, tristemente común, que se arroja en busca de su cajetilla de Marlboro nada más levantarse y que va llenando de colillas un apestoso cenicero a lo largo de su estresado día de trabajo. Una imagen que veríamos recluída en el cuadro de las patologías si no fuera porque nuestro mundo no nos ha enseñado a disfrutar de la vida sino bajo la nube negra de la ansiedad, convirtiendo toda pulsión en una compulsión. El sexo es voracidad; la música, una vertiginosa sucesión de no-silencios; la felicidad, la incansable sonrisa estúpida de los anuncios publicitarios. Como ocurre con todo, el tabaco es algo estúpido cuando se ha convertido en una cosa más. Como cepillarse los dientes, ir a trabajar, conducir, llamar por teléfono. Como la sonrisa, la música y el sexo. Y doblemente estúpido si, además de monótono, resulta ser dañino.

Ciertamente, desde el punto de vista de lo sensato, de la razón normal, nada bueno hay en el tabaco. De la misma manera que nada hace preferible el vino al mosto, la cerveza a la leche de soja. Y sin embargo el hombre no concibe la fiesta sin ellos. Pero la fiesta es lo contrario del vicio: es el tiempo excepcional, la excepción del tiempo. Festejar es abrir el espacio de lo sagrado, de lo que se sustrae al espacio profano de la razón, la división del trabajo, el orden, las normas, el sentido, la moral y... la salud. Por eso, sin su dimensión "demoníaca", el tabaco, como el alcohol, sería absurdo. "Vicio para salir de sentido": he aquí el verdadero peligro del tabaco, su naturaleza moralmente pervertidora, que hacía a los indios vagos y licenciosos, libidinosos y holgazanes...

Fumar tabaco es un rito, y además un hermoso rito. En él tomamos la tierra viva y la transformamos en un espíritu apaciguador que entra y sale de nosotros. Pues el espíritu es aliento, y el aliento, humo. Comunión, pues, con la tierra, y con los otros hombres. El tabaco es inseparable de los viejos amigos en el reencuentro tabernario, del último frío de la madrugada antes de regresar a casa. O de estas mañanas neblinosas del invierno manchego, en que el humo, espeso por la humedad del aire, dibuja hermosas formas mientras flota pesadamente hacia lo lejos.

sábado 31 de octubre de 2009

Felicidad natural

Ya que estamos con la poesía, vamos a seguir con el -para mi gusto- mejor poema de un libro que me ha dejado leer este fin de semana mi amiga Sara: Eros es más, de Juan Antonio González-Iglesias, profesor de Filología Latina en la Universidad de Salamanca. El poema, titulado "Felicidad natural", expresa ese encuentro estético-religioso con la naturaleza, al que la mejor poesía de todos los tiempos acaba volviendo, una y otra vez, cuando se han agotado las introspecciones reiterativas, las temáticas urbanas y postmodernas, los experimentos lingüísticos y los vanguardismos. Dice así:

"Es bueno para el cuerpo contemplar los trigales
verdes esta mañana de principios de mayo.
Es bueno para el cuerpo imaginar
que esta alta pradera, tan sometida al viento
que parece estar hecha sólo del mismo viento,
no terminara nunca en una suma
de áridas aristas.
Es bueno para el cuerpo que el único sonido
sea
el rumor de la lluvia sobre el techo del coche.
Es bueno para el cuerpo detenerse.
Y salir.
En un punto indeterminado de esta península, la más occidental de Europa,
recuerdo la liturgia de la Iglesia de Oriente,
que en el momento de la comunión
se limita a decir:
lo bueno,
para los buenos"

(Eros es más, Madrid, Visor, 2007, p. 31)